Harambee, construir esperanza y armonía: Una lectura desde la Atención Integral y Centrada en la Persona

13/04/2026 | Blog, Noticias

Clarisa Ramos Feijóo Profesora titular de Trabajo Social de la Universidad de Alicante, Directora del Grupo de Investigación AICP, Patronato de la Fundación Pilares y Delegada de esta en la Comunidad Valenciana

Clarisa Ramos FeijooAcabamos de celebrar un año más el Día Mundial del Trabajo Social. El lema de este año 2026, “Construir esperanza y armonía, nos invita a reflexionar sobre el papel que desempeña el trabajo social en un contexto marcado por profundas transformaciones sociales, económicas y demográficas. Las desigualdades sociales persistentes, el envejecimiento de la población, las nuevas formas de precariedad y las tensiones que atraviesan los sistemas de bienestar obligan a repensar las formas en que organizamos el cuidado, la solidaridad y la convivencia social. Más aún en un momento en que la violencia en una de sus expresiones más terribles como es la guerra atraviesa nuestra cotidianeidad.

Lejos de interpretaciones ingenuas o romantizadas, la idea de esperanza posee una larga tradición filosófica vinculada a la acción humana. Ya en la filosofía de Aristóteles, la esperanza no aparece como un simple sentimiento optimista, sino como la expectativa racional de un bien futuro que se percibe como posible. Las personas experimentan esperanza cuando consideran que existen medios para alcanzar aquello que desean y teniendo conciencia de que los obstáculos no son insuperables. La esperanza, por tanto, no es una emoción pasiva ni una ilusión consoladora, la esperanza no es espera sino una disposición que surge cuando la razón identifica posibilidades reales de transformación. En este sentido, la esperanza está estrechamente vinculada a la acción y a la deliberación práctica: esperamos aquello que creemos que puede llegar a realizarse mediante la acción humana.

Esta interpretación resulta especialmente sugerente para el Trabajo Social contemporáneo. Cuando el lema del Día Mundial del Trabajo Social invita a “construir esperanza y armonía”, no está apelando a una visión almibarada o ingenua de la realidad social, sino a la capacidad de las sociedades para generar condiciones que hagan posible el bienestar colectivo. La esperanza, en este marco, no es un sentimiento abstracto, sino una práctica social que se construye mediante instituciones justas, políticas públicas inclusivas y comunidades capaces de sostener vínculos de solidaridad.

En este punto, la metáfora de Harambee, remar juntos, adquiere todo su sentido. Si la esperanza surge cuando percibimos que un bien es alcanzable mediante la acción, Harambee nos recuerda que esa acción rara vez es individual. Las transformaciones sociales que permiten construir sociedades más justas se producen cuando comunidades, instituciones y ciudadanía se implican colectivamente en la tarea de sostener la vida. Construir esperanza y armonía implica, por tanto, reconocer que el bienestar no es el resultado de esfuerzos aislados, sino de procesos colectivos en los que las personas participan activamente en la organización del cuidado, la solidaridad y la justicia social.

Desde esta perspectiva, el Trabajo Social se sitúa precisamente en ese espacio donde la esperanza deja de ser una aspiración abstracta para convertirse en una práctica concreta: acompañando a las personas en el ejercicio de sus derechos, reduciendo las barreras que producen exclusión y promoviendo comunidades capaces de “remar juntas” en la construcción de un bienestar compartido. La esperanza, entendida de este modo, no es una emoción complaciente, sino una forma de acción social orientada a transformar las condiciones que hacen posible una vida digna para todas las personas. La esperanza así entendida no es una emoción ingenua, no es un planteamiento quimérico de posibles políticas sociales que den respuestas reales y que lleguen a las necesidades de la gente. La esperanza es certeza de que el bien común se construye cuando la ciudadanía decide remar al unísono.

En este contexto, el concepto Harambee ofrece una metáfora especialmente sugerente para repensar el sentido de la acción colectiva en el ámbito del Trabajo Social. Es una palabra popularizada en Kenia durante los procesos de reconstrucción nacional tras la independencia y el término procede del suajili y significa literalmente “todos remamos juntos” o “tirar juntos”. Más allá de su dimensión lingüística, Harambee expresa una ética comunitaria basada en la corresponsabilidad, la solidaridad práctica y la convicción de que los problemas colectivos solo pueden abordarse mediante la implicación activa de la comunidad.

Al igual que ocurre con el conocido concepto africano de Ubuntu, Harambee remite a una visión profundamente relacional de la vida social. La identidad individual no se entiende como una realidad aislada, sino como el resultado de la interacción con los demás. Desde esta perspectiva, el bienestar personal no puede separarse del bienestar colectivo. Remar juntos se convierte así en una imagen poderosa para pensar la construcción de vínculos sociales basados en la cooperación, particularmente en un momento histórico en el que conceptos fundamentales como la justicia social o la solidaridad intergeneracional se ven sometidos a fuertes tensiones, tensiones que parecen abocadas a solucionarse mediante las confrontaciones entre países, entre personas, entre generaciones.

El Trabajo Social ha sostenido históricamente esta idea de acción colectiva como fundamento de la intervención social. Construir esperanza no puede entenderse como una idea meramente retórica o aspiracional, sino como una tarea concreta orientada a generar las condiciones sociales que permitan a las personas participar activamente en la construcción de su propio bienestar y en el de su comunidad. Del mismo modo, la armonía social no debe interpretarse como la ausencia de conflicto, sino como la capacidad de las sociedades para organizar relaciones sociales basadas en el reconocimiento mutuo, la equidad y la cooperación.

Desde esta perspectiva, el modelo de Atención Integral y Centrada en la Persona (AICP) ofrece un marco especialmente relevante para comprender la evolución contemporánea de los sistemas de cuidados y de los servicios sociales. Este modelo, como enfatiza Pilar Rodríguez, se fundamenta, por una parte, en el enfoque de atención centrada en la persona, y propone situar a esta —con su proyecto vital, sus preferencias y su dignidad— en el centro de la intervención social. Pero sin olvidar la otra dimensión del modelo, que es la atención integral y que supone una transformación profunda respecto a modelos fragmentados, asistencialistas y descoordinados tradicionalmente centrados en la organización de los servicios. Lo que la AICP plantea, en definitiva, es modificar la posición y la mirada hacia las personas q precisan apoyos y, en lugar de que sean estas quienes traten de adaptarse a los recursos existentes, diseñar apoyos, prestaciones y servicios que se ajusten tanto a las necesidades como a la trayectoria vital, los valores, los deseos y las decisiones de cada persona.

En consecuencia, la atención que propone el modelo AICP no puede reducirse a una relación individual entre profesional y persona usuaria. El bienestar personal se construye en interacción con entornos sociales, redes de apoyo y comunidades que hacen posible el ejercicio efectivo de la autonomía desde la atención integral. En este sentido, el concepto Harambee puede interpretarse como la dimensión comunitaria del modelo. Si la AICP reconoce la singularidad y autonomía de cada individuo, el espíritu Harambee recuerda que la vida humana es profundamente relacional y que el bienestar individual se construye siempre en interacción con los demás.

Esta perspectiva resulta especialmente relevante en un contexto marcado por el aumento de la esperanza de vida de la población, que es un auténtico logro social, contrastado por el incremento de las desigualdades sociales y la imprescindible necesidad de transformación de los sistemas de protección social públicos y privados relacionados con los apoyos y el cuidado. Frente a modelos institucionales excesivamente burocratizados o fragmentados, el Trabajo Social está llamado a promover ecosistemas de cuidado donde personas, familias, profesionales, comunidades e instituciones colaboren en la construcción de respuestas compartidas. En estos procesos, el acompañamiento constituye una práctica central de la intervención social.

Acompañar en la intervención social significa caminar junto a las personas en sus procesos de vida, reconociendo su capacidad de decisión y fortaleciendo sus recursos y capacidades personales y comunitarios. No se trata de sustituir a las personas en la toma de decisiones, sino de facilitar que puedan comprender los sistemas institucionales, ejercer sus derechos y desarrollar su propio proyecto vital. El acompañamiento se convierte así en una práctica relacional que prioriza la escucha, la confianza y la construcción de vínculos frente a modelos de intervención centrados exclusivamente en la gestión administrativa.

En este punto resulta especialmente relevante el fenómeno conocido como non take-up, que hace referencia a aquellas situaciones en las que, aunque las personas cumplen los requisitos para acceder a una prestación, no llegan a solicitarla o no consiguen acceder a los servicios de atención que le correspondería. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado en el ámbito de las políticas sociales y pone de manifiesto que la existencia formal de derechos sociales no garantiza por sí misma su ejercicio efectivo. Es por esa razón que tanto la decisión política como la concienciación ciudadana son indispensables para construir una sociedad justa y equitativa.

Las causas del non take-up pueden ser diversas, en primer lugar, el desconocimiento de los recursos disponibles al que le sigue el problema surgido por la complejidad de los procedimientos administrativos, el burocratismo o las barreras digitales. También debe considerarse el miedo al estigma social o desconfianza hacia las instituciones. En muchos casos, las personas que más necesitan los recursos son precisamente aquellas que encuentran mayores dificultades para acceder a ellos produciéndose el conocido “efecto Mateo” por el que acceden quienes mayores conocimientos, habilidades y recursos tienen. Desde esta perspectiva, el non take-up revela la existencia de exclusiones invisibles dentro de los propios sistemas de protección social.

Combatir este fenómeno implica repensar el funcionamiento de las políticas sociales desde la perspectiva del acceso efectivo a derechos. En este sentido, el acompañamiento profesional adquiere una dimensión estratégica: facilitar itinerarios de acceso, traducir sistemas institucionales complejos, reducir barreras administrativas y activar redes comunitarias que permitan sostener procesos de inclusión social a largo plazo, favorecer la accesibilidad espacial y cognitiva.

Harambee y la democratización de los cuidados

La reflexión sobre el cuidado ocupa hoy un lugar central en los debates sobre justicia social y organización democrática de las sociedades. Es relevante para este debate recordar que no hay justicia social, sin justicia cognitiva, es decir sin un reconocimiento sobre los saberes que surgen de la propia ciudadanía. Durante décadas, el cuidado ha sido entendido principalmente como una responsabilidad privada, asumida en gran medida por las familias y, mucho más concretamente, por las mujeres. Sin embargo, los cambios demográficos y sociales han servido como catalizador para poner de manifiesto la necesidad de repensar colectivamente cómo se organizan estas prácticas fundamentales para la sostenibilidad de la vida de manera que no supongan la determinación de roles de género.

En este contexto, la filósofa política Joan Tronto ha desarrollado el concepto de democratización de los cuidados, que propone comprender el cuidado no solo como una práctica social, sino también como un principio ético y político para organizar la vida colectiva. Democratizar los cuidados implica reconocer que todas las personas somos, en distintos momentos de la vida, cuidadoras y receptoras de cuidado. También supone cuestionar las desigualdades que atraviesan la distribución de estas responsabilidades y promover una organización social del cuidado basada en la corresponsabilidad y la justicia.

Desde esta perspectiva, el cuidado deja de ser un asunto exclusivamente privado para convertirse en una cuestión central de ciudadanía y democracia. Las instituciones públicas, las comunidades y las políticas sociales tienen un papel fundamental en la creación de condiciones que permitan sostener el cuidado de la vida de manera equitativa.

En este punto, la metáfora de Harambee adquiere una resonancia particular. Remar juntos significa reconocer que el cuidado es una tarea colectiva que requiere la participación activa de múltiples actores sociales. Significa también reconocer que las políticas públicas deben construirse con la participación de las personas y comunidades a las que van dirigidas.

En este sentido, las aportaciones de Archon Fung sobre la calidad democrática de los procesos participativos resultan especialmente relevantes. El denominado “cubo de la democracia” propuesto por Fung permite analizar los procesos participativos a partir de tres dimensiones fundamentales: quién participa, cómo se participa y qué influencia real tienen las personas participantes en las decisiones. Este modelo invita a avanzar hacia formas de gobernanza en las que la ciudadanía no sea únicamente destinataria de las políticas sociales, sino también protagonista en su diseño y evaluación.

Aplicado al ámbito de los servicios sociales y de otros sectores, este enfoque abre la puerta a procesos de coproducción de políticas públicas donde profesionales, instituciones y comunidades colaboren en la construcción de soluciones compartidas.

La conexión entre Harambee, la atención integral y centrada en la persona, el acompañamiento social, la participación democrática y la democratización de los cuidados adquiere así una especial relevancia. Si el Harambee nos recuerda la necesidad de remar juntos, el Trabajo Social está llamado a generar las condiciones para que esa acción colectiva sea posible: acompañando a las personas en el ejercicio de sus derechos, reduciendo las barreras que producen fenómenos de non take-up, ampliando los espacios de participación ciudadana y promoviendo una organización social de los cuidados basada en principios de justicia, corresponsabilidad y dignidad.

De este modo, el lema del Día Mundial del Trabajo Social adquiere un significado particularmente profundo. Construir esperanza y armonía implica activar procesos colectivos de cuidado, participación y solidaridad en los que cada persona pueda desarrollar su proyecto vital en condiciones de dignidad. En este horizonte, Harambee no es solo una palabra ni un lema para un día de celebración profesional. Es una invitación ética y política a reimaginar el cuidado como una tarea común. Un compromiso permanente con la dignidad, la justicia social y la vida compartida, conceptos que son claves para la Atención Integral y Centrada en la Persona.

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