Paradojas de vivir con apoyos

O cómo aceptar la injerencia en tu vida de las personas que te cuidan

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Nines López Fraguas

Psicóloga experta en discapacidad y en desarrollo organizacional

Miembro del Patronato de la Fundación Pilares para la Autonomía Personal

Muchos de nosotros vivimos públicamente como muñecos públicos sin rasgo alguno, imágenes de pequeñas abstracciones públicas. Solo cuando atravesamos la puerta privada y abrimos nuestra puerta secreta entramos en tierra de gigantes. Charles Dickens, 1906.

 

La sabiduría de Sancho Panza en El Quijote nos deja, a menudo, anonadados y perplejos y nos provoca reflexiones profundas sobre aspectos de la naturaleza humana que podríamos decir que son universales e intemporales. 

El siguiente diálogo entre Don Quijote y Sancho me hizo sentir la fuerza de una idea, idea central en esta reflexión que quiero compartir con los lectores.y lectoras de este blog, y es que la peculiaridad de los servicios de apoyo y cuidados en tu vivienda, en tu residencia, se encuentra en la propia naturaleza de lo que es una vivienda, una residencia, una casa, un hogar. Tu casa, tu hogar, es el lugar en el que las personas somos al margen de lo que poseemos, de lo que valemos, de lo que podemos, en donde se nos acepta –nos aceptamos- porque sí. Es el lugar para la convivencia en intimidad, “la soledad y la libertad”, como dice Sancho, y no se puede comparar con ningún otro bien, por excelso y alto que nos parezca. Como dice también Charles Dickens, en el pequeño texto inicial, nuestro hogar es “nuestra tierra de gigantes”

…..Sentóse don Quijote, y quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:

  • Por que veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería, y cuán a pique están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente te sientes, y que seas una misma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas  en mi plato y bebas por donde yo bebiere: porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.
  • ¡Gran merced! –dijo Sancho-; pero se decir a vuesa merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a la par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea fozoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene en gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Ansí que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho; que estas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio desde aquí al fin del mundo.
  • Con todo eso, te has de sentar; porque a quién se humilla , Dios le ensalza.

Y asiéndole del brazo, le forzó a que junto dél se sentase.

¿Cómo se articula esta realidad con la injerencia de unos servicios profesionales –la andante caballería bien puede ser una metáfora acertada- que, también por su propia naturaleza, perturban las condiciones de libertad, privacidad, convivencia en intimidad, etc,  propias de la vida adulta en la propia casa? ¿Cómo se afrontan y se manejan las contradicciones y paradojas que se generan en este tipo de relación “contra natura”? ¿Qué modelos mentales nos pueden ayudar a comprender este tipo de realidad compleja? Creo que en la indagación que genera la búsqueda de respuestas a estas preguntas está la clave para encontrar, implantar y mejorar buenas prácticas en los servicios de apoyo y cuidado en viviendas, en residencias o en tu propia casa.

No nos sirve cualquier modelo para gestionar un servicio residencial, ya sea grande –residencia- ya sea pequeño –vivienda-. Necesitamos organizaciones cualificadas, flexibles, versátiles, comprometidas, basadas en la credibilidad y la confianza, con calidad comunicativa, abiertas al entorno, innovadoras. En general, esta afirmación podría ser válida para cualquier organización que presta apoyos y servicios, sea cual sea su ámbito de intervención, pero donde cobra una especial relevancia es en los servicios residenciales en general y en las viviendas en particular, es decir, en los servicios “para vivir”. 

La vida, la vida humana y social, está hecha de una materia tal que no se deja atrapar fácilmente, no es mecánica ni lineal, no se organiza desde fuera, sino que se autoorganiza, no se amolda a programas, fluye por derroteros que no te esperas, en definitiva, prestar con eficacia servicios para este tipo de realidad solo puede hacerse a través de organizaciones como las que acabamos de describir.

La siguiente reflexión que se nos suscita tiene que ver con cómo ha de ser el lugar para vivir: ¿Es un servicio de vivienda un buen lugar para vivir?

Las personas, dependientes o no, mayores o no, deseamos vivir una buena vida, una vida de calidad, que merezca la pena ser vivida. Cómo contribuye un servicio de apoyo integral y centrado en la persona, en su vivienda –sea cual sea el servicio de vivienda de que se trate- a este gran objetivo final, es una reflexión que todos los agentes implicados –agente es todo aquel que participa de una manera activa en un ámbito de actividad- deben realizar. Sugiero la conveniencia de salirse de los modelos teóricos, en cierta manera estereotipados e insuflarles vida. ¿Qué es, realmente, concretamente para nosotros, personas mayores en situación de dependencia y para el resto de los agentes implicados, una buena vida? ¿Cómo queremos vivir? ¿Cómo vemos el papel de la vivienda en lograr la vida que queremos? ¿Qué papel vamos a jugar cada uno de nosotros?  Estas preguntas componen el acto organizativo nuclear, originario de toda organización: Clarificar el por qué, el para qué  y el lugar al que queremos llegar al organizarnos. 

 

 

 

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