¿Es la vejez una enfermedad?
José Manuel Ribera Casado – Catedrático Emérito de Geriatría (UCM), Académico Numerario de la RANM de España
Otra vez lo mismo. Vuelta la burra al trigo, como decía mi abuela. Creí que el tema había quedado claro desde que en 2021 la Organización Mundial de la Salud había rechazado oficialmente una propuesta que pedía la inclusión de la vejez dentro de su “Clasificación Internacional de Enfermedades” (CIE-11). Pero, hete aquí, que, el último domingo, escucho en un programa de RNE de gran audiencia, “Hoy no es un día cualquiera”, como, una supuesta experta, autora de un libro sobre cómo envejecer, proclama entusiasmada, a bombo y platillo, que, en efecto, la vejez es una enfermedad.
Parece bastante evidente que la vejez no es sino una etapa más de la vida, como lo son la infancia, la juventud o la madurez. Una etapa en la que las pérdidas fisiológicas y patológicas acumuladas a lo largo de los años hacen que la persona sea más vulnerable ante cualquier agresión externa, lo que facilita la aparición de un número creciente de enfermedades, favorece su cronificación y empeora su pronóstico. Pero ahí se acaba la historia. Punto final.
Calificar a la vejez como una enfermedad e incluirla en el catálogo oficial de las mismas es una aberración conceptual. Peor aún, no resulta inocente. Definir a uno como enfermo en base a la edad –más aún si se hace por decreto- tiene para el protagonista consecuencias muy negativas. En 2021 yo definía aquella propuesta como “edadista y discriminatoria”. Estigmatizaba a las personas mayores y tenía eventuales consecuencias negativas para el colectivo y para la persona, además de invitar a la resignación.
Representa, igualmente, un atentado contra el sentido común. ¿Dónde ponemos la raya? ¿A los 65?, edad mayoritaria de la jubilación. ¿A los 70?, cuando lo hacen los profesores universitarios. ¿A los 80? ¿A la misma edad para todos? Una propuesta de este tipo supone un salto al vacío, sin red, desde unos protocolos médicos inexistentes por imposibles, sobre los que basa su diagnóstico cualquier enfermedad, hasta una etiqueta hueca de carácter administrativo. A pesar de lo que dice nuestra experta de la radio no existen criterios serios para sustentar esa afirmación.
Es cierto que desde la biología –y también desde la clínica- es posible establecer algunos marcadores de envejecimiento. El acortamiento del telómero, citado por “la, experta”, podría ser incluido en el primer grupo de esos marcadores. La presencia de fragilidad, por ejemplo, podría entrar en el segundo. Pero ni ellos, ni cualquier otro parámetro se aproxima a lo que cabe considerar criterios diagnósticos equivalentes a los utilizados ante una enfermedad de verdad.
Resulta difícil entender por qué esa obsesión, aunque quizás no lo sea tanto. Algunos hablan de la posibilidad de realizar de esta forma ensayos clínicos con productos que, supuestamente, curasen o, al menos, retrasasen la aparición de la “enfermedad” llamada “vejez”. Productos que entrarían en el saco de los llamados “antiaging”, detrás de los cuales, salvo excepciones muy escasas, el principal interés de sus promotores es mucho más comercial que científico.
La vejez no se cura, pasa, como lo hace la adolescencia, valga como ejemplo. Tampoco “se trata”, ni supone en sí misma una causa de muerte. Se diagnostican y se tratan las enfermedades y los problemas patológicos de cualquier tipo que suelen aparecer en el transcurso de la misma. Y ellos son los que, eventualmente, determinan la muerte del individuo, nunca su edad en cuanto tal.
Lo que sí podemos hacer es intentar frenar las pérdidas que acompañan al proceso de envejecer y retrasar, así, la aparición de las limitaciones asociadas. También afrontar los síntomas de las distintas enfermedades reales que el anciano puede presentar. Esto se consigue en buena medida a través de la prevención, luchando contra los infinitos factores de riesgo que pueden afectar a la persona. Lo demás como, por ejemplo, calificar de enfermedad a la vejez y dar recetas para luchar contra ella, puede valer para vender humo -o libros-, pero es acientífico y no resuelve, sino que agrava, cualquiera de los infinitos problemas que afectan a este colectivo.
