Otra vez la cuestión de la prevención
José Manuel Ribera Casado – Catedrático Emérito de Geriatría de la UCM. Académico de Número de la Real Academia Nacional de Medicina de España
Se trata de un tema recurrente sobre el que siempre hay que insistir. Un antiguo profesor, compañero y amigo, decía que “enseñar y aprender es el arte de repetir”. Una afirmación que sigue siendo válida a día de hoy cuando hablamos de educar y de transmitir ideas básicas a la población en general, incluyendo en ella a aquel sector de mayor edad y a los profesionales que trabajamos en este entorno.
El mensaje esencial, mil veces repetido y muy poco atendido –y asumido-, es que no existe una edad límite para la prevención. La gente entiende bien este tema –y suele actuar en conformidad con ello- cuando se trata de población infantil. Cuestiones como las vacunas, la higiene y, quizás en menor medida, la alimentación adecuada y otros puntos como la actividad física forman parte de lo que se sabe, de lo que se considera obvio, y se acepta con poca discusión cuando hablamos de este sector poblacional. Otra cosa es que siempre se actúe en conformidad con la teoría.
Cuando se trata de la población mayo las cosas no aparecen tan claras en el ideario colectivo. Mucho menos, en lo que podríamos llamar su aplicación real en el día a día. Sin embargo, la teoría está clara. También se puede y se debe hacer prevención en edades muy avanzadas. A cualquier edad. Quien deja de fumar a los 90 años se hace un favor a sí mismo y reduce el riesgo de presentar enfermedades tabaco-dependientes, como pueden ser, entre otras, la enfermedad coronaria, la insuficiencia respiratoria y un enorme número de tumores malignos. Esto deberemos tenerlo claro tanto los propios individuos como sus cuidadores y los profesionales que tratamos con estas personas.
El campo de las medidas preventivas potencialmente aplicables al colectivo de personas mayores es enorme. Incluye, también, determinadas vacunaciones, como aquellas orientadas a prevenir la gripe cuando llega el otoño y otras más como la vacuna antineumocócica. No son las únicas vías para la prevención en la población añosa. El mundo de todo aquello relacionado con los hábitos de vida entra de lleno en este apartado. No solo afecta al tabaco o a la contaminación ambiental, sino también a cuestiones como la propia higiene corporal, descuidada con frecuencia en edades avanzadas, o al mundo de la alimentación, de la actividad física o de los hábitos de sueño.
A otro nivel las cuestiones relacionadas con la prevención alcanzan también a muchas esferas integradas dentro de lo que conocemos como los hábitos sociales. Buscar vías para sentirse motivado, huir de la soldad, tener proyectos, incorporarse a gropos participativos y cuestiones similares, forma parte, igualmente, de lo que cabe calificar como prevención en un sentido amplio.
El objetivo final de esto comentarios no es otro que el de renovar un mensaje que todos debiéramos tener muy claro, pero que, con mayor frecuencia de la deseada, se descuida dentro de eso que llamamos el día a día. Lamentablemente, también es así por parte de muchos de los que por dedicación y vocación nos sentimos más próximos al mundo de la gerontología. Interioricemos en la teoría y en la práctica el mensaje de la prevención como algo absolutamente prioritario en el marco de nuestro quehacer diario.
